Cada 25 de diciembre, en la celebración de la Navidad, Dios viene a visitarnos. Toma la iniciativa de bajarse de su gloria para hacerse presente entre nosotros, en todo, menos en el pecado. Decide mudarse en nuestra tierra para caminar a nuestro lado, pero lo hace sin maletas, sin riquezas. No trae túnica de repuesto, solo llega con lo necesario para vivir. Se presentará sencillo y humilde de corazón. Por eso dice san Pablo que pasó por este mundo como uno de tantos (cf. Fil 2, 6-7).
Dios con su presencia nos importantizó. Nos colocó en el centro de su mirada. Hizo posible que nos volviéramos a sentir verdaderos hijos amados del Padre. Con su llegada, nos calentó, nos abrazó, haciendo posible que nuestro corazón tuviera deseo de volver a latir con alegría y esperanza. Pues, estábamos muriendo de frío, llenos de tristeza y soledad. El Hijo de Dios nos encontró perdidos, arropados por el pecado y desanimados por la situación compleja de la vida. Pero como nos ama y nos entiende, viene a habitar a nuestro planeta con la finalidad de regresarnos la gracia primera, el amor genuino con que fuimos creados.
Jesucristo, con su nacimiento, trae la luz al corazón, optimismo a las familias, y con su manifestación a la humanidad, hace posible que tengamos una imagen real y verdadera de Dios. Es decir, los prejuicios y los juicios se caen, para darle paso a Jesús, que al contemplarlo como niño, nos hace ver el amor infinito que nos tiene el Padre, que siento el Todopoderoso, se hace criatura, frágil y mortal, para crear un puente entre Dios y los hombres.
Al contemplar al niño en el pesebre, en la gruta de Belén, con María y José, rodeados de animales, y con poco público, Dios ha sorprendido al género humano. Ha hecho que nos quedáramos sin palabras, mudos y asombrados de la bondad y la misericordia del Creador del Universo. Los judíos esperaban un rey vestido de lino y purpura, adornado con una corona de oro y sentado en un trono, y Él ha llegado como uno más de la casa. Apareció sin publicarse en las redes, llegó en el anonimato para el mundo, solo unos pocos estuvieron presentes como testigo de la humanidad de Dios.
Dios nace entre nosotros, por tanto, acércate y no te quedes a los lejos. Con toda humildad y reconociendo lo pequeño que eres, aproxímate para ver a Jesús, Nuestro Señor. Quítate las sandalias, inclina tu cabeza, detén lo que estás haciendo porque nos visita el Emmanuel: “Dios-con-nosotros”. Ponte de rodillas cuando lo veas, porque merece toda reverencia y honor. Luego sé capaz de darle gracias por su inmenso amor. No tienes que usar palabras, solo debes sentirte dichoso porque aunque el caos, las dudas, el temor y toda clase de maldad nos asechan, siempre veremos llegar a nuestra vida el nacimiento del Hijo de Dios, porque Él no quiere que nadie se pierda, sino que encuentre el camino para obtener la salvación.











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