Hay heridas que se ven y otras que aprendimos a esconder muy bien.
Algunas quedan en la piel después de una cirugía, un accidente, una enfermedad o una caída. Otras no dejan una marca visible, pero permanecen en algún lugar de nuestra memoria, de nuestras emociones y hasta de nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Y quizá una de las cosas más difíciles no sea solamente vivir con la herida, sino aceptar que ahora forma parte de nuestra historia.
Vivimos en una sociedad que muchas veces nos invita a ocultar aquello que nos recuerda que hemos sufrido. Queremos mostrar fortaleza, aparentar que todo está bien y seguir adelante como si nada hubiera pasado.
Pero ¿por qué deberíamos avergonzarnos de nuestras heridas?
Una cicatriz no habla de debilidad. Habla de algo que ocurrió y que nuestro cuerpo logró atravesar.
Y con las heridas emocionales ocurre algo parecido.
Haber sufrido una pérdida, una decepción, un abandono, una separación, una traición o una experiencia dolorosa no nos convierte en personas rotas. Nos convierte en seres humanos que han vivido.
Aceptar nuestras heridas no significa resignarnos al dolor.
Aceptar significa reconocer: esto me pasó, esto me dolió, esto dejó una marca en mí, y desde ese reconocimiento comenzar a preguntarnos qué necesitamos para continuar.
Porque aquello que negamos suele seguir ocupando un espacio importante dentro de nosotros.
A veces gastamos demasiada energía tratando de esconder nuestras cicatrices, tanto las que están en la piel como las que están en el alma. Nos preocupa lo que otros puedan pensar, si nos verán diferentes, si descubrirán nuestra vulnerabilidad.
Pero sanar no siempre significa conseguir que la herida desaparezca.
A veces sanar significa dejar de sentir vergüenza por ella.
Significa poder mirarnos con compasión y decirnos: sí, esto forma parte de mí, pero no es todo lo que soy.
Una herida puede cambiar nuestra historia, pero no tiene por qué convertirse en nuestra identidad.
Podemos aprender a convivir con una cicatriz sin permitir que ella nos robe la posibilidad de disfrutar nuevamente. Podemos recordar lo que vivimos sin tener que permanecer atrapados en aquel momento.
Y también podemos comprender que hay heridas que necesitan tiempo, acompañamiento y, en algunos casos, ayuda profesional. No todas se resuelven con voluntad ni con frases positivas. Algunas necesitan ser escuchadas, comprendidas y procesadas.
Yo también estoy aprendiendo a convivir con una herida que hoy es visible y que antes no estaba. Y quizá esta experiencia me ha permitido comprender de una manera todavía más profunda que nuestro cuerpo puede cambiar, nuestra historia puede cambiar y nosotros podemos atravesar momentos que nunca imaginamos.
Pero seguimos siendo nosotros.
Seguimos teniendo sueños.
Seguimos teniendo derecho a reír, a disfrutar, a amar, a comenzar de nuevo.
Por eso, no escondamos nuestras cicatrices para sentirnos valiosos. No escondamos nuestras emociones para demostrar fortaleza.
Nuestra herida es parte de nuestra historia, pero no es el final de nuestra historia.
Tal vez aceptar nuestras heridas sea precisamente el comienzo de una relación más amorosa con nosotros mismos.
Porque después de todo lo vivido, también podemos elegir mirarnos con ternura y decir:
“Esto me pasó, pero esto no determina quién soy ni hasta dónde puedo llegar.”
Y quizá ahí comienza una de las formas más profundas de sanar: dejar de luchar contra nuestra historia y comenzar a abrazarnos dentro de ella.
No son tus heridas las que te definen. Te define la manera en que eliges seguir viviendo después de ellas.











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