La madurez política se demuestra en la competencia, pero también en la capacidad de preservar la unidad después de ella.
Las contiendas internas despiertan entusiasmo, esperanza y expectativas entre quienes, durante años, han esperado la oportunidad de presentar sus proyectos y conquistar espacios de liderazgo. Las primarias constituyen uno de los instrumentos de la democracia partidaria: permiten contrastar aspiraciones, movilizar voluntades y someter las candidaturas a la consideración de los electores. Sin embargo, su verdadero valor democrático no se mide únicamente por la participación que generan, sino también por la capacidad de las organizaciones para preservar la convivencia y reconstruir los consensos una vez concluida la competencia.
En el Partido Revolucionario Moderno (PRM), la carrera por la candidatura presidencial de 2028 plantea precisamente ese desafío. La diversidad de aspiraciones puede contribuir a dinamizar la organización, fortalecer sus estructuras territoriales y estimular la discusión sobre el futuro del país. Pero esa oportunidad pierde parte de su valor cuando la confrontación desplaza el debate de las ideas, las descalificaciones personales ocupan el lugar de los argumentos y las diferencias comienzan a convertirse en barreras para el entendimiento.
En política, competir es un derecho; saber competir sin destruir los puentes del entendimiento es una expresión de madurez democrática.
Históricamente, las primarias modernas se desarrollaron como parte de los esfuerzos por ampliar la participación en la selección de candidaturas y reducir el control exclusivo de las estructuras partidarias. En Estados Unidos, los movimientos reformistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX impulsaron mecanismos destinados a limitar el poder de las maquinarias políticas. En la República Dominicana, la experiencia de las primarias presidenciales abiertas del Partido Reformista Social Cristiano, celebradas en 1995, constituye un antecedente relevante en la evolución de los procedimientos de selección de candidaturas.
No obstante, la apertura electoral no garantiza, por sí sola, una mayor cohesión interna. La competencia democrática necesita reglas legítimas, confianza entre los participantes y mecanismos que permitan procesar las diferencias sin convertirlas en conflictos irreconciliables. Una organización puede celebrar una contienda formalmente competitiva y, al mismo tiempo, debilitar sus relaciones internas si sus protagonistas no reconocen los límites que impone la responsabilidad política.
Esta cuestión adquiere especial importancia cuando se trata de una organización que ejerce el poder y cuyos aspirantes procuran obtener la candidatura presidencial. Las declaraciones, los pronunciamientos públicos y las actuaciones de los equipos políticos no solo influyen en el desarrollo de la contienda; también condicionan las posibilidades de entendimiento entre las distintas corrientes partidarias.
Aquí resulta pertinente recurrir a Max Weber y a sus reflexiones en La política como vocación. El pensador alemán identifica la pasión, el sentido de la responsabilidad y la mesura como cualidades fundamentales del dirigente político. La pasión proporciona energía y convicción; la responsabilidad obliga a considerar las consecuencias de las decisiones, y la mesura permite mantener el juicio frente a las presiones, las emociones y las tentaciones de la lucha por el poder.
Trasladado a la competencia interna del PRM, este planteamiento conduce a una interrogante que merece atención: ¿qué consecuencias tendrán mañana las palabras que hoy provocan aplausos entre los seguidores?
Una declaración puede producir entusiasmo inmediato y, sin embargo, dejar heridas que dificulten la reconciliación. Cuando un aspirante o su equipo cuestionan reiteradamente la integridad de otro participante, o cuando la diferencia política se presenta como una confrontación entre personas irreconciliables, el costo puede trascender la campaña. Las palabras construyen percepciones, generan compromisos emocionales y condicionan la disposición de los dirigentes y militantes a colaborar posteriormente.
Por eso, la responsabilidad política no consiste únicamente en defender una aspiración con firmeza. También implica reconocer que el adversario interno de hoy puede ser el compañero de equipo de mañana. La prudencia no debilita las convicciones; contribuye a expresarlas sin comprometer innecesariamente las posibilidades de entendimiento.
Los planteamientos de Robert Dahl en La poliarquía permiten profundizar en esta reflexión. Su análisis de las condiciones que hacen posible la competencia democrática destaca la importancia de las garantías institucionales, la participación y la existencia de espacios para la confrontación política. Aplicada a la vida partidaria, esta perspectiva invita a considerar que la aceptación de los resultados depende no solo de las reglas electorales, sino también de la confianza en que la competencia no desembocará en humillación, exclusión o represalias.
La unidad, por tanto, no puede entenderse como la ausencia de discrepancias ni como la subordinación automática de todas las corrientes a una sola voluntad. Una organización democrática necesita espacios para disentir, cuestionar decisiones y defender posiciones diferentes. Lo esencial es que existan procedimientos legítimos para resolver las diferencias y condiciones que permitan a quienes pierdan continuar participando con dignidad y respeto.
La experiencia política dominicana ofrece antecedentes que invitan a la reflexión. La ruptura del Partido de la Liberación Dominicana después de las primarias de 2019 constituye un caso relevante para examinar las consecuencias de los conflictos internos. Aunque aquella división respondió a múltiples factores y no puede explicarse exclusivamente por el tono de la campaña, evidencia la importancia de estudiar cómo las disputas por el liderazgo, las candidaturas y el rumbo de una organización pueden desembocar en fracturas de difícil reparación.
Asimismo, los estudios académicos sobre primarias y competencia electoral advierten que la apertura de los procesos de selección no produce automáticamente una mayor participación en las elecciones generales ni garantiza la cohesión partidaria. Sus efectos dependen también de las reglas, la confianza entre los participantes y la capacidad de las organizaciones para conducir las diferencias.
Desde esta perspectiva, el debate sobre el relevo político en el PRM debería incorporar una dimensión que trascienda la popularidad, la experiencia administrativa, los años de militancia y la capacidad de movilización. También resulta pertinente examinar cómo los aspirantes afrontan los desacuerdos, gestionan los conflictos, respetan las reglas comunes y reconocen la legitimidad de quienes sostienen posiciones distintas.
Estas cualidades no sustituyen la discusión sobre los programas de gobierno, la capacidad de gestión o las propuestas para el desarrollo nacional. La complementan. El liderazgo político exige articular convicciones, conocimientos y capacidad de organización con una comprensión responsable de las consecuencias que tienen las decisiones sobre la sociedad y sobre la propia organización.
Bajar el tono no significa renunciar al debate, ocultar las diferencias ni abandonar el derecho a formular críticas. Significa comprender que la firmeza de los argumentos no necesita la agresividad de las palabras.
En la práctica, esta actitud exige sustituir las descalificaciones por el contraste de propuestas, los rumores por informaciones verificables y las sospechas sin fundamento por procedimientos transparentes. También requiere que los equipos de comunicación comprendan que cada mensaje puede contribuir a construir un ambiente de respeto o alimentar una confrontación que termine perjudicando a todos sus protagonistas.
Los aspirantes están llamados, además, a actuar con consideración hacia sus compañeros y a promover una cultura de competencia responsable. El liderazgo del partido tiene igualmente un papel que desempeñar en la creación de condiciones para el diálogo, la aplicación imparcial de las reglas y la preservación de los espacios de participación. La conciliación no debe limitarse a un llamado retórico: necesita expresarse en comportamientos, decisiones y garantías concretas.
Después de las primarias, el PRM necesitará tanto a quienes ganen como a quienes pierdan. Quienes obtengan la candidatura tendrán la responsabilidad de integrar sensibilidades, reconocer aportes y evitar que la victoria se convierta en una fuente de exclusión. Quienes no resulten favorecidos deberán decidir cómo continuar defendiendo sus ideas dentro de los mecanismos democráticos de la organización.
Ambas posiciones exigen madurez, tolerancia y disposición al entendimiento. La unidad partidaria no se decreta ni se consigue mediante fotografías de reconciliación. Se construye cuando los participantes comprenden que sus diferencias, aunque legítimas, deben coexistir con responsabilidades compartidas.
La competencia por la candidatura presidencial de 2028 ofrece al PRM una oportunidad para fortalecer su cultura democrática y elevar el nivel de su discusión interna. Para aprovecharla, será necesario que las aspiraciones individuales encuentren un equilibrio con los compromisos colectivos y que el entusiasmo de la contienda no haga perder de vista la importancia de preservar la confianza.
Al final, la calidad de un liderazgo no se manifiesta exclusivamente en su capacidad para atraer seguidores, movilizar estructuras o defender una candidatura. También se revela en la manera en que responde a las críticas, trata a sus adversarios internos y contribuye a mantener abiertos los caminos del diálogo.
Porque ganar una primaria permite conquistar una candidatura, pero saber competir con respeto, aceptar las diferencias y construir acuerdos constituye una prueba más profunda de madurez política.
En el camino hacia 2028, el PRM tiene ante sí una tarea que trasciende la selección de su candidato presidencial: demostrar que la competencia y la convivencia democrática pueden fortalecerse mutuamente. Y quienes aspiran a dirigir el país tienen, desde ahora, la oportunidad de demostrar que el liderazgo no consiste únicamente en convencer a los propios, sino también en preservar las condiciones para trabajar con quienes piensan diferente.
Bajar el tono también es liderazgo. Y, en una democracia, la capacidad de construir entendimientos puede ser tan importante como la de ganar una contienda.











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