Las Obras de Misericordia son el “Vademecum” o la guía de referencia del Año Extraordinario de la Misericordia, al cual nos ha convocado el Papa Francisco y que, como hemos visto en otras entregas, se dividen en Corporales y Espirituales.
Las Corporales, extraídas del discurso de Jesús que el Evangelio de Mateo reporta a la altura del capítulo 25, son: Dar de comer al hambriento, Dar de beber al sediento, Dar posada al necesitado, Vestir al desnudo, Visitar al enfermo, Socorrer a los presos y Enterrar a los muertos.
El hambre ha sido y continúa siendo uno de los grandes desafíos de la humanidad a nivel global. Los avances tecnológicos y el desarrollo industrial poco han aportado a su erradicación, lo que ha llevado a una conclusión: a la humanidad no le falta la comida, sino una justa distribución de los bienes. Alimentos hay y muchos, sin embargo, falta la justicia, la voluntad y la equidad para que lleguen a todos.
Esta primera Obra de Misericordia nos pide abrir los ojos a nuestro alrededor. Nos invita a activar el sensor de la caridad en nuestro corazón de cristiano, para ver al que pasa hambre, al que sufre y a quien le falta salud, educación y amor.
La falta de pan es sinónimo de pobreza que, en la mayoría de los casos, es provocada por la avidez de los que más tienen, por quienes se aprovechan de la necesidad ajena para sacar grandes tajadas en sus beneficios e incluso de los que viven, explotan y provocan la marginación y la ignorancia. De igual modo, esta Obra nos invita a reflexionar sobre la abundancia desmedida, a pensar sobre nuestros usos y posesiones y a evitar lo superfluo para poder compartirlo con el que nada tiene, no como un acto de limosna, sino como una acción de caridad generosa y evangélica a ejemplo de Jesús, para quien el mayor acto de misericordia, no se circunscribió a tener compasión con los hambrientos (Mt 14,13-23), sino que se dio a sí mismo por entero derramando hasta su última gota de sangre por la salvación del mundo; en una palabra, se com–partió, permaneciendo en el “Pan y Vino” consagrados, para saciar una hambre mayor presente en toda la humanidad: su salvación (Jn 6,35; Lc 24,35).
Practicar esta Obra de Misericordia en modo individual, parecería que no elimina el hambre sobre la tierra, sin embargo, si lo hacemos todos los cristianos repetidamente, si nos preocupamos por educar en la fe al pobre en su pobreza y al rico en su riqueza, para que se acerquen el uno al otro, no a través de migajas (Mt 15,27; Lc 16,21), sino de obras de amor misericordioso, entonces esta primera Obra de Misericordia Corporal, se hará realidad en el mundo entero y la misericordia será también “pan” nuestro de cada día.











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