Exactamente en el día en el cual se concluye el Año de la Misericordia que nos ha convocado Su Santidad Francisco, finalizamos también la serie de comentarios que han acompañado a todo lo largo y ancho del mismo. La última de las Obras de las Misericordias espirituales es: Rogar a Dios por los vivos y los difuntos; muy unida a la séptima Obra de Misericordia corporal, a saber, Enterrar a los muertos.
En esta Obra Dios nos invita a volver la mirada hacia él para orar con una doble intención, la cual debería estar en el corazón de todo ser humano: orar por los demás y por los seres queridos que nos han precedido hacia la Casa del Padre Dios.
Orar por los demás es cumplir la voluntad de Dios que quiere que todos los hombres se salven, por medio de la verdad (1 Tim 2,4). En ese sentido, orar por los vivos y los muertos, es el acto de misericordia más grande que se puede tener hacia una persona, porque es presentarla a Dios en su realidad de bienestar o dificultad. Orar es el acto más significativo que se puede hacer por los demás, porque es la síntesis de todas las acciones de amor. Orar es reconocer la alianza entre Dios y los hombres, de aquí que, la oración esté a la base de todas las obras de misericordias.
Cuando el hombre toma conciencia de sus límites y de su pobreza, se vuelve a Dios espontáneamente; Dios se convierte en la fuente de todo bien y la oración no es más una obligación, sino una necesidad. En la medida en que la oración se convierte en un hábito, la misma deja de centrarse en la persona, para centrarse en Jesucristo y en los demás: entonces se ora por los cercanos y los lejanos, por los buenos y los malos, por los cristianos y los ateos, por los vivos y los muertos, por los amigos y los enemigos (Mt 5,44).
En ese sentido, orar por los demás es preocuparse por ellos: por los vivos por su situación y por los muertos, por su estado. Orar por los demás es hacer oración de intercesión, en la cual tomamos sobre nuestros hombros el peso que lleva por quienes oramos; nos convertimos en instrumentos para que en esas personas se cumpla el proyecto de Dios y les permita participar plenamente en el plan de salvación reservado para él. Quien hace oración de intercesión, pone una mano sobre la “espalda” de Dios y otra sobre la espalda de la persona por la cual se ora y se convierte en puente de gracia divina (Jb 9,33).
Dios quiere que tengamos los ojos y el corazón abiertos para ver y sentir las necesidades de nuestros prójimos: de aquellos vivos y también para los muertos.
Orar por los vivos y los muertos es responder a la pregunta que Dios hace a Caín: “Dónde está tu hermano” (Gén 4,9). Dios siempre está atento a la suerte de sus hijos y nos pide también vigilar por nuestros hermanos, llamándonos a asumir nuestra responsabilidad fraternal ante ellos. En atención a ello, el Papa Francisco, exclamó: “La indiferencia representa una amenaza para la familia humana” y siguió diciendo: “Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete”, (Mensaje para la Jornada de la Paz, 2016, 2-3).
Todos estamos llamados a hacer algo por los demás, desde el punto de vista espiritual o material, mejor aún, si conjuga los dos. Quien ha decidido seguir a Cristo, debe decidir también asumir la responsabilidad que tiene ayudando a salvar el mundo entero, cuidando y orando por toda la creación y, en modo especial, por la comunión de los santos, por la Iglesia Peregrina que a través de la oración vive su unidad con la Iglesia del cielo, a ejemplo de Jesús, Dios y Hombre, único salvador entre Dios y los hombres, que nos invita a creer en su resurrección.











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