En la vida hay tres amores imborrables: Dios, los padres y amigos y la Patria. En República Dominicana, estos tres amores se entrecruzan durante el mes de febrero.
A Dios, porque nuestra media isla es eminentemente una tierra de hombres de fe; a los padres y amigos, porque vivimos el profundo sustrato del amor a esos “viejos” o amigos que dieron o dan la vida por nosotros; amor a la Patria, porque no existe un dominicano, en el país o fuera, que no ame entrañablemente el país de Duarte, Sánchez y Mella.
“Amar a Dios sobre todas las cosas”, como lo manda el Primer Mandamiento, es un mandato fundamental e imperioso para todo dominicano. Hasta el más distraído de los nacidos en Quisqueya, lleva siempre una aclamación divina a flor de sus labios.
El Cuarto Mandamiento pide “honrar a padre y madre”, y Jesús llamó a los discípulos sus amigos (Jn 15,15), porque el verdadero amor, engendra hijos y amigos, en las entrañas o en el corazón. En realidad, ser amigo es una forma de vivir el amor sincero y desinteresado.
El amor a la Patria, como a Dios, los padres y a los amigos, es único e insustituible. ¡Claro! En esta “aldea global”, al decir de Marshall McLuhan, donde desaparecen los nacionalismos, las fronteras y las identidades, podría pensarse que el amor a la tierra de los padres, desapareció. Lejos cualquier idea parecida. ¿Una prueba? La victoria de Donald Trump en Estados Unidos de América.
¿Y República Dominicana, qué? Nada tan sensato en este momento de la historia como unir amistad, amor y Patria. Esta triada, a imagen de la Santísima Trinidad que funda la República, garantiza los caminos que re-conducen hacia los ideales, siempre vivos, de los fundadores de nuestra Nación. Precisamente, nuestro país ha visto en días recientes revivir estos tres amores en la multitudinaria marcha contra la corrupción y la impunidad que se ha llevado a cabo el pasado domingo 22 de enero del año que discurre.
Me pregunto: ¿Qué viene después? ¿La sensación de un grupo de personas movidas sin rumbo, atraídas por las fuerzas de las redes sociales? ¿El folklor de un nuevo vaivén de la pantomima y el chiste? ¿El florecimiento de líderes improvisados que mañana son “convencidos” por el establishment que todo era un error? ¿La conciencia de saber que todos somos responsable de todo? ¿Acabar con la rancia idea de que el Estado es el responsable absoluto de lo que sucede en el cuadrado de estos 48 mil kilómetros de tierra? ¿Hasta cuándo?
Hasta cuándo cada dominicano asumirá la responsabilidad de saber que no es el Presidente de la República, el Gobernador, el Alcalde o el Diputado, el que viola la luz roja porque lleva prisa; que se vuela 5 números en la fila, que se roba unas cuantas onzas en cada libra del peso, que devuelve con mentas y chiclets, que tira la basura en los ríos y en las calles con los vehículos en marcha, que tiene un accidente en la calle y porque no lo están mirando deja abandonada las víctimas y el vehículo impactado, el que no paga los servicios básicos, etc. etc.
Como en el país más desarrollado, también los dominicanos tenemos derechos y deberes. ¿Quién los hará cumplir? ¿Cuándo seremos capaces de amar tanto nuestra Patria que demos lo mejor de nosotros mismos para que ella sea lo que esperamos y llegue a ser lo que soñaron los héroes del 1844? ¿Cuándo exigiremos a las autoridades que nos representen con sus acciones y no con sus discursos?
¡Bella coincidencia! Allá en el 1978 el Papa de los 33 días, como 33 días duró la Independencia Efímera, Albano Luciani o Juan Pablo I, afirmó que Dios no era sólo Padre, sino también Madre; el amor más puro es el que se tiene a los padres, con especial atención hacia la madre; el amor inolvidable, por muy lejos que estemos, se profesa hacia su tierra. ¡La Madre divina, la madre carnal y la Madre Patria dominicana esperan por ti, conciudadano! La identidad dominicana no la da ni un título ni un cargo ni una condición social: La da el corazón.
La Ley te obliga. La fe te compromete. El futuro te llama.











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