Siempre que comienza un año, podemos tener la tentación de añorar algunas cosas del pasado, quedar con el deseo de volver, con la sensación de mirar atrás. Y aunque sabemos que no se puede devolver el tiempo para trasladarnos a esa época que deseamos, aun así, la ilusión aparece en nuestra mente. A lo mejor esto sucede porque el miedo, la angustia, lo desconocido, lo que nos sale al frente, provoca inseguridad, pánico, y esta es la razón, por la que deseamos regresar al terreno ya transitado.
Sin embargo, debemos tener presente que el miedo casi siempre aparece cuando vamos a emprender un nuevo proyecto, cuando comenzamos a caminar por senderos novedosos, por sendas desconocidas. Pero más que causarnos temor y nerviosismo, esto debería llevarnos a una reflexión más profunda. Es decir, podríamos interpretar que viene algo mejor, que es un escalón que nos llevará a donde queremos o nos dará lo que necesitamos. Si no asumimos esa actitud, entonces aparecerá el sentimiento de cobardía que no nos dejará ver si somos capaces y merecedores de lo que se aproxima, si realmente vale la pena continuar y nos hará creer que debemos quedarnos con los brazos cruzados permitiendo que otro obtenga eso que nos corresponde a nosotros.
Por eso, es justamente en los momentos de tensión, cuando verdaderamente nos damos cuenta de lo que estamos hechos. Pues, mientras todo es fácil, cómodo y no implica ningún esfuerzo humano, se puede vociferar y sostener que somos fuertes y decididos. Ahora bien, cuando la “piña se pone agria”, o como decía mi estimado profesor cubano, el Padre Andrés Najarro, sj; (que en paz descanse) en una de sus clases de cristología: “A la hora de los mameyes…”, es cuando sabemos del tipo de madera de la que estamos formados.
Tengamos claro una cosa, el año ya comenzó y continuará su curso, con o sin nosotros. La decisión de montarse o quedarse mirando el tren pasar, depende de nosotros. Lo interesante de todo esto, es que el tren no nos esperará para ver qué decisión hemos tomado, tampoco nos dirá: “Con calma, respire profundo, haga todos los análisis que desee, yo espero”. No lo hará, estrictamente pasará delante y solo nos regalará un instante para decidirnos. Dicha realidad parece cruel, pero se trata de ser realista, no románticos, porque el año no es creación nuestra, únicamente somos dueños de la pintura y del diseño que le daremos.
Anda, arriésgate, que la vida es una y hay que dejar huellas en cada pisada. Fija tu mirada al frente, nunca detrás. Recuerda que en los vehículos el espejo retrovisor siempre es más pequeño que el espejo central, porque es más importante lo que tenemos delante que lo que vamos dejando atrás. Por tanto, ya sabes lo que dejas atrás si asumes dar un paso hacia adelante, pero si no lo haces, te lamentarás la vida entera, porque tuviste la oportunidad de haber logrado tantas cosas pero el miedo no permitió que lo hiciera.











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