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Las fiestas patronales

Redacción por Redacción
1 julio, 2009
en Opiniones
Monseñor Ramón Benito de la Rosa y Carpio, Arzobispo Metropolitano de Santiago

Monseñor Ramón Benito de la Rosa y Carpio, Arzobispo Metropolitano de Santiago

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Monseñor Ramón Benito de la Rosa y Carpio, Arzobispo Metropolitano de Santiago

Las Fiestas Patronales han jugado un papel importante en la conformación de nuestros pueblos y ciudades. Son parte de su pasado y su presente. Las fiestas patronales tuvieron y tienen, al menos, la cinco funciones siguientes: 1- Una función religiosa, con su novenario y la celebración del día patronal. Actualmente se agregan al novenario la administración de diferentes sacramentos, la institución de ministerios laicales y otros ritos apropiados.

Una función de fiesta popular, según la cual todo un pueblo o barrio tiene diferentes manifestaciones para expresar su sentido de fiesta. Una función educativa, que se realiza incluyendo en el programa actividades artísticas de diferentes tipos. Una función social, ya que ellas, de hecho, son las que aglutinan a los pueblos y barrios, dándoles identidad y unidad. Sin las fiestas patronales no se cohesionan los grupos humanos. Ellas se tornan, así, cultura popular y hacen parte del modo de ser y quehacer de un país, una ciudad, una comunidad barrial.

Una función de pastoral de multitudes, ya que son fiestas de todos, no sólo de los que frecuentan diaria o dominicalmente la iglesia. En ellas las diferencias se encuentran y se dan la mano gozosamente. De ahí que es necesario buscar mecanismos para que todos se sientan integrados en las mismas.

Las fiestas patronales se pueden llamar con toda razón “fiestas populares”, porque son realmente el pueblo, como también manifestaciones de “catolicismo popular”, porque en ellas se encarnan valores cristianos, que llegan a ser universales, es decir, de todos y no sólo de un grupo.

Ellas, con todos sus elementos, hacen parte del alma popular. Así no pueden ser eliminadas fácilmente, como tampoco ninguno de sus elementos claves. Hemos visto que en algún lugar, por ejemplo, se quitó la procesión por las calles con el patrón o patrona. Pero tan pronto se volvió a instaurar, toda la población participa de ella, como si nunca se hubiera quitado.

En el conjunto de celebraciones y múltiples manifestaciones dadas en torno a las fiestas patronales, cabe destacar “el día del Santo”, el cual tiene un gran valor humano: es día de fiesta. “Y la fiesta, como es sabido, responde a una necesidad vital del hombre, hunde sus raíces en la aspiración a la trascendencia. A través de las manifestaciones de alegría y de júbilo, la fiesta es una afirmación del valor de la vida y de la creación. En cuanto interrumpe la monotonía de lo cotidiano, de las formas convencionales, del sometimiento a la necesidad de ganancia, la fiesta es expresión de libertad integral, de tensión hacia la felicidad plena, de exaltación de la pura gratuidad.

En cuanto testimonio cultural, destaca el genio peculiar de un pueblo, sus valores característicos, las expresiones más aunténticas de su folclore. En cuanto al momento de socialización, la fiesta es una ocasión de acrecentar las relaciones familiares y de abrirse a nuevas relaciones comunitarias”. (Tomado del Directorio sobre la Piedad popular y la liturgia, #232, Documento de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, año 2002).

“Sin embargo, no son pocos los elementos que amenazan la autenticidad de la “fiesta del Santo” tanto desde el punto de vista religioso como antropológico.

Desde el punto de vista religioso, la “fiesta del Santo” o “fiesta patronal” de una parroquia, donde se ha vaciado del contenido específicamente cristiano que tenía en su origen -el honor dado a Cristo en uno de sus miembros- se convierte en una manifestación meramente social o folclórica y, en el mejor de los casos, en una ocasión propicia de encuentro y diálogo entre los miembros de una misma comunidad.

Desde un punto de vista antropológico hay que notar que no raras veces sucede que individuos o grupos, creyendo que “hacen fiesta”, en realidad, por los comportamientos que adoptan se alejan de su auténtico significado. La fiesta, ante todo, es la participación del hombre en el dominio de Dios sobre la creación y sobre su activo “reposo”, no ocio estéril; es manifestación de una alegría sencilla y comunicativa, no sed desemesurada de placer egoísta; es expresión de verdadera libertad, no búsqueda de formas de diversión ambiguas, que dan lugar a nuevas y sutiles formas de esclavitud. Se puede afirmar con seguridad: la transgresión de la norma ética no sólo contradice la ley del Señor, sino que daña la base antropológica de la fiesta”. (Tomado del Documento citado, #233).

Estas amenazas se concretizan en la República Dominicana, en las últimas décadas del siglo XX y primera del nuevo milenio, en la invasión de las casetas y ventas de bebidas alcohólicas en el centro de las ciudades y de bocinas con música de cualquier tipo a todo volumen.

Este hecho ha sido causa de muchos problemas, tales como: riñas y pleitos por el exceso en el empleo del alcohol, llegándose incluso a heridos y muertos; el identificar este fenómeno con las “fiestas patronales” mismas hasta tal punto que comunicadores sociales, confundidos, han dicho por sus medios “en las fiestas patronales fueron heridas o muertas estas u otras personas”; el enfrentamiento entre miembros activos de la Iglesia, incluido el párroco, con estos comerciantes de bebidas alcohólicas y con autoridades municipales, causando episodios muy desagradables; la supresión en ocasiones de la parte popular festiva, dejando sólo la parte religiosa, para que no se confunda “fiesta popular” con ingerencia abusiva del alcohol. Cuando esto acontece se hace mucho daño a las “fiestas patronales” en las cuales “lo religioso” y lo “festivo cultural” han de ser inseparables.

La mejor solución ante esos casos es entablar un movimiento de encuentros y diálogos, para que se respete la naturaleza de las fiestas patronales, con todos sus fines y funciones, se exija el cumplimiento de las leyes que prohíben el tipo de actividades de “casetas y música a todo volumen” al lado de las iglesias y se evite confundir “fiesta popular” en las patronales con cualquier otra cosa.

Dado que las “fiestas patronales” involucran a todos y a todas, la organización y animación no es sólo de los líderes de la Iglesia, sino que han de integrarse las autoridades civiles, como los gobernadores, síndicos, alcaldes, según el nivel geográfico de las susodichas fiestas.

Aparte de este grupo directivo y animador, se suele formar un “Comité de Fiestas Patronales”, que en algunos lugares, como Santiago de los Caballeros, recibió el nombre de “Comité de fiestas y costumbres”, porque se ocupa de todas las actividades festivas del pueblo a lo largo del año, no sólo de “las patronales”. Este grupo lo forman líderes cívicos de la comunidad, de todos los estamentos, reconocidos por su capacidad de servicio y amor desinteresado a su pueblo.

Hemos dicho “amor desinterado”. Es cierto que el desinterés, la gratuidad, la entrega voluntaria y el sentido de solidaridad, son valores que acompañan las fiestas patronales.

Sin embargo, hay que decir que en ocasiones surgen políticos que buscan manipular y llevar las aguas del patrón al molino de sus intereses partidistas. La ambición política partidista representa siempre un peligro para todo aquello que es comunitario, como también la ambición del lucro y de la ganancia. Estos comerciantes del alma de los pueblos siempre crean conflictos, pero es necesario salir al paso de ellos.

El gran criterio que orienta las fiestas patronales es el de los aportes, como si cada uno se preguntara: ¿qué voy a aportar a mis fiestas patronales de este año?

Otro factor fundamental a tener en cuenta en las fiestas, las cuales son ya tradición centenaria o de larga data en los pueblos, son los cambios que se van operando a lo largo de la historia. Estos, de por sí, no son enemigos ni destructores de las fiestas del pueblo ni de las tradiciones. Ellas siempre permanecerán, aunque, en muchos casos, sea en bajo perfíl.

Es importante, por lo tanto, que las fiestas patronales se vayan adecuando a los tiempos y a sus cambios. Cuando hablo de “cambios”, no me refiero a modos de pensar o de actuar que representan antivalores, retrocesos históricos o posturas degeneradas. Hablo de todo aquello que significa el avance positivo de la historia. Baste este ejemplo sencillo: En Santiago de los Caballeros del pasado, caballos y coches se integraban en las patronales, los cuales siguen vigentes. Pero hoy hay que incluir choferes de carros y motoconchistas.

Lo mismo hay que decir de los inmigrantes que llegan a una ciudad. Esa no es su ciudad ni esas son sus fiestas patronales. De ahí que hay que buscar caminos para integrarlos en su nuevo “hábitat” y en sus nuevas fiestas. Más aún: la participación en las patronales favorecerá el amor por el lugar al que han llegado.

Por eso las fiestas patronales han de estarse adecuándose contínuamente a las nuevas circunstancias, incluyendo en ellas problemáticas antes no conocidas. Por ejemplo, en las patronales de Santiago de los Caballeros hay desde el 2008 un día dedicado a la ecología, en el que se bendicen y reparten plantas para ser sembradas, como un signo de reparación a la naturaleza dañada por la mano del hombre. Hace 500 años, cuando comenzaron, un tal día no era necesario: todo Santiago estaba poblado de árboles.

De la misma manera, nuevas actividades seculares populares pueden adecuarse a las fiestas tradicionales, dándoles un tinte, a la vez tradicional y moderno, a dicha actividad. En Higüey, para citar un caso, donde desde tiempo inmemorial existe una tradición religiosa ligada al ganado vacuno y a caballos en el mes de agosto, el genio de un grupo de munícipes unió a ella una moderna feria agropecuaria con notable éxito y acogida popular. Antes, dada la naturaleza ganadera de la región, se trató de establecer una feria anual parecida. Pero nunca echó raíces. Ahora, que se unió a las fiestas de agosto en honor de La Altagracia, la moderna actividad quedó bien fundamentada y agregó algo nuevo a la tradición.

Tomado del periódico El Caribe,
página 18 del 20 de julio, 2008.

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