La directora de Gestión Humana del Grupo Rizek, Mireya Abreu, compartió un testimonio durante la misa en memoria de don Héctor José Rizek Llabaly. En sus palabras, describió el liderazgo humano del empresario, destacando su cercanía con los colaboradores y rescatando una reflexión sobre la diferencia entre el orgullo y la satisfacción, enseñanza que marcó su trayectoria profesional y personal.
Expresó que su relación con don Héctor trascendió el ámbito laboral. “Don Héctor no era solo el papá de ustedes, también era el papá de todos nosotros: sus colaboradores”, afirmó, al referirse al vínculo que el empresario construyó con su equipo durante décadas.
Con más de 30 años en la empresa, Abreu explicó que una de las lecciones de mayor impacto en su formación fue la visión de Rizek sobre los valores personales. Relató que, en una ocasión, al manifestar que se sentía orgullosa por un logro, él le compartió una filosofía que transformó su perspectiva:
«Hoy quiero estar con el corazón lleno de gratitud y la verdad es que quisiera decirles que me siento orgullosa, pero no lo voy a hacer, porque estoy segura de que él me diría: ‘¡NO, DOÑA MIREYA! —así me llamaba—, ¡ORGULLOSA NO, SATISFECHA SÍ!'», recordó.
Y continuó: «Ahí aprendí que no debemos sentir orgullo porque, como él me dijo ese día, el orgullo es parte del ego que nos hace ver el mundo y a los demás por encima. En cambio, es mejor sentir satisfacción, porque en ella caben la gratitud, la humildad y la plenitud».
Abreu señaló que esa enseñanza definió una forma de actuar basada en el reconocimiento del esfuerzo sin perder la sencillez. Según indicó, este enfoque se reflejaba en un estilo de liderazgo que priorizaba el respeto y la coherencia: “Era de esos líderes que no imponen, sino que inspiran”. Destacó que su trato cercano permitía que cada colaborador se sintiera escuchado, sin importar su posición.
Asimismo, resaltó su capacidad de conectar a través de gestos cotidianos, como recorrer las oficinas y saludar personalmente a cada empleado. “Esa forma de mirarte a los ojos, de escucharte con atención, era lo que hacía la diferencia”, puntualizó.
En su intervención, también subrayó la dimensión humana del empresario, definiéndolo como una persona de trato directo y fiel a sus principios. Aseguró que su guía dejó huellas profundas tanto en las oficinas de Santo Domingo como en las fincas y unidades operativas, donde formó a generaciones de trabajadores.
En el ámbito productivo, reconoció su incidencia en el desarrollo del sector cacaotero y su impulso a los estándares de calidad internacional, aunque insistió en que su mayor legado reside en la gente. “Más allá del empresario, queda el ser humano íntegro, el amigo leal, el jefe comprensivo y el maestro”, afirmó.
Finalmente, Abreu concluyó con una invitación a la continuidad de ese legado, señalando que la satisfacción —entendida como el resultado del trabajo con humildad— debe ser la guía para quienes formaron parte de su entorno. «Don Héctor fue un ser humano excepcional, fuera de serie», concluyó.

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